El cenador
La tibia noche envolvía en su manto las miradas de las almas que caminaban descalzas sobre el terciopelo verde del jardín de los ensueños. Brillaba la luna, luna que era una vela encendida en la madrugada. Cantaban los grillos, grillos que eran la música clásica de fondo que adorna una velada romántica. Una cena en el jardín para dos.
Una cesta de picnic depositada en la hierba.
Sobraban las palabras.
La noche dejaba escuchar como el vino se escanciaba en copas de cristal. Parecieron tañer campanadas de media noche en el silencio al entrechocar dos copas en un brindis a la brisa que ondulaba las hojas de las plantas trepadoras que se acurrucaban entre los pilares del cenador.
Una cena para dos.
Nadaban libélulas en el aire, flotando quedas, eternas dueñas del firmamento, aviones sin piloto que transportaban otros mundos más allá de donde la vista alcanza a soñar.
Ellos jugaban a dibujarse, el uno al otro, dos amantes, tatuajes, usando como pincel sus propios dedos y como lienzo, su propia piel, a través de caricias, imitando a veces, copiando, tal cual si plagiaran los bocetos grabados en las columnas de piedra del cenador. Caricias sobre la piel, pictogramas de civilizaciones arcaicas sobre dinteles de mármol, sobre cuevas de antaño, dedos que dibujan círculos concéntricos sobre un cuerpo ebrio de arrumacos y mimos, de besos y deseos, de suspiros que tan sólo la luna escucha.
La hiedra se ha puesto el pijama, el jazmín les regala su aroma, la hierba es un colchón de plumas donde dulcemente se aman, la noche les ofrece su mano y les envuelve plácidamente en su regazo maternal de unos imperecederos instantes íntimos y entrañables, personales, lindos momentos para el recuerdo.
Corretean hormigas sobre los brazos.
El dulce es más dulce si se toma acompañado.
Intoxicado de placer, los ojos bailan en su cueva blanca, los labios se mueven cual olas intrépidas guerreando contra la arena de la playa, ellos no necesitan nada.
La luna se muestra prisionera entre las columnatas del cenador, atrapada entre rejas de piedra que la encadenan al cielo, les mira, es la cómplice de sus juegos sensuales, la invasora de sus intimidades, la invisible invitada de piedra a un acto de amor, alguien que pasa y calla, celosa guardiana de mil avatares de amantes en noches plagadas de luciérnagas, involuntaria actriz secundaria en una obra cuyo papel es ser fuente de luz reflejada, parece la luna una isla de jalea real en medio de un jardín donde tan sólo una celda formara parte de la colmena.
Una jineta corretea por entre las ramas persiguiendo ardillas despistadas.
Los juegos de amor no descansan, el vino se escancia, bajo el cenador dos amantes se aman apasionadamente en la madrugada.
No hay un mañana.
Una cesta de mimbre a su lado guarda los enigmas de un beso rojo marcado en el cristal de una copa de vino, coloreado con una marca de carmín, grabado a dulzura y cariño, media luna roja capturada y prisionera, ha caído presa en la red del pescador, se deshace, sangra, la luna llora sobre el vidrio, la noche pasa, se tiñe de grana la luna en el cristal, ha dejado de estar enjaulada entre los barrotes de piedra del cenador y va cayendo por el horizonte, llora la luna blanca, la luna roja permanecerá en la copa hasta ser lavada.
Se marchita la luna.
Merodea el día.
Es el día un ladrón de guante blanco que roba sueños.
La hiedra se va despojando del pijama y se pone su vestido verde para darle engalanada la bienvenida a la mañana. La noche ha cerrado los ojos, la galería de columnatas de piedras le da los buenos días a la mañana
Si hay una mañana.
El cenador duerme, ha fabricado un capullo de seda y al salir de él se ha transmutado en desayunador, el vino en café , y los besos y caricias en abrazos y despedidas.
Un desayuno en el jardín para dos.
3 comentarios
Comella -
Octavia -
maria -
Sigue escribiendo por favor...................